Orden de la Bienaventurada Virgen María de la Merced
Conocida abreviadamente como la Orden de la Merced o como los mercedarios, esta familia religiosa fue fundada por San Pedro Nolasco en Barcelona en 1218. Su carisma fundacional fue la redención de los cautivos cristianos, una obra que combinaba la caridad, la justicia y el riesgo personal de sus miembros.
A lo largo de su historia, se calcula que los mercedarios liberaron a decenas de miles de cautivos, muchas veces ofreciéndose ellos mismos como rehenes. Esta entrega quedó consagrada en su distintivo cuarto voto.
El escudo mercedario
El emblema de la Orden combina la cruz blanca de la catedral de Barcelona sobre fondo rojo con las cuatro barras de la Corona de Aragón. Es uno de los símbolos marianos más antiguos que se conservan en uso continuo.
El cuarto voto
Además de pobreza, castidad y obediencia, los mercedarios prometen entregar su propia libertad por la de un cristiano cautivo cuya fe peligre. Un voto único en toda la vida religiosa.
Espiritualidad mercedaria
La espiritualidad de la Merced gira en torno a la libertad como don de Dios. Si en sus orígenes la cautividad era física —el secuestro y la esclavitud—, la Orden ha sabido leer los signos de los tiempos para acompañar también otras formas de cautiverio: la marginación, la pobreza, la enfermedad, la privación de libertad.
San Pedro Nolasco, San Raimundo Nonato, San Pedro Pascual y Santa María de Cervelló figuran entre los santos que esta familia ha dado a la Iglesia.
Una misión que continúa
En la actualidad, la Orden de la Merced y las congregaciones mercedarias femeninas mantienen presencia en numerosos países de América, Europa y África. Su labor incluye la pastoral penitenciaria —el acompañamiento a las personas privadas de libertad y sus familias—, la educación, la atención a migrantes y la promoción social.
El espíritu sigue siendo el mismo de hace ocho siglos: allí donde haya una persona privada de su libertad o de su dignidad, debe estar presente la merced, la gracia, el rescate.
«La libertad es el don más alto que, después de la vida, otorgó Dios a los hombres.»